[El Mercurio]Municipalidad sin municipalismo

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Marco Enríquez-Ominami: En Chile, nunca los territorios han tenido la oportunidad de guiar y de decidir sobre sus propios intereses y destinos. Porque siempre en los territorios, las municipalidades han funcionado como meros entes administrativos.

 

Las municipalidades realizan tareas fundamentales. Son responsables (por ley) o se hacen cargo (por ganas) de tareas como la administración de la salud primaria, de la educación pública, la promoción del empleo, la participación ciudadana, la prevención del delito, y hasta se han convertido en la primera línea de respuesta ante emergencias y catástrofes. Pero hacen todo esto con escasos recursos humanos y financieros, con miserables fondos concursables de inversión, y asumidos no como gobiernos, sino que como meros entes administrativos locales.

Por otro lado, las municipalidades también han tenido un rol preponderante en cada uno de los momentos decisivos de la historia de Chile. Fue a través de las municipalidades (cabildos) que las élites terratenientes -que eran realistas, como Mateo de Toro y Zambrano- accedieron a puestos (burocráticos) en la monarquía española, y se legitimaron como poder local. Fue en las municipalidades donde los terratenientes se encontraron y pudieron funcionar como grupo contra indígenas, pequeños comerciantes, contra la Iglesia, y hasta contra los propios rebeldes independentistas.

Fueron también las municipalidades las que funcionaron como el resorte decisivo que permitió mantener los privilegios de clase a la derecha conservadora de Manuel José Yrarrázabal, cuando complotaron en el Congreso contra el Presidente Balmaceda (la historia no se repite, pero rima). Y fueron fundamentales las municipalidades en la mantención del terror y del control de la población, a través de la designación a dedo de autoridades y funcionarios durante el régimen de Pinochet.

En Chile, nunca los territorios han tenido la oportunidad de guiar y de decidir sobre sus propios intereses y destinos. Porque siempre en los territorios, las municipalidades han funcionado como meros entes administrativos, o han sido cooptadas por esta elite conservadora (los mismos de siempre que no quieren cambiar nada, para no perder sus privilegios, y que suelen llamar al resto “populistas” o “resentidos”).

Dar municipalismo a las municipalidades es precisamente la oportunidad de desplegar toda la potencia territorial, permitiendo que sean las autoridades locales, junto a los vecinos, los que decidan qué es lo mejor y más conveniente para ellos. ¿Quién podría decir que sabe más que los propios vecinos sobre las cosas que ellos quieren cambiar, mejorar o resguardar de sus comunas?

Alcaldes como Fernando San Román, de Tocopilla; Esteban Velásquez, de Calama; Petero Edmunds, de Rapa Nui, o Echeverría, en San Joaquín, son los mejores ejemplos para demostrar que esto no se trata de imposibles ni de revoluciones. Cuando el alcalde San Román decide movilizarse junto a sus vecinos, tratar de sofocar leyes injustas, e implementar verdaderas innovaciones que impacten directamente en el bienestar de la gente, lo que hace es desplegar esta potencia territorial. El municipalismo. Pero cuando la despliega, inmediatamente viene el Estado Central y lo llama a “estarse sosegado” (como le dijera el ministro Mañalich en 2013).

Sosegarse viene del latín sedere, que significa “quedarse sentado”. Y supongo que no se puede pedir a una autoridad local que se quede sentada mientras pasan frente a sus ojos los problemas, sueños y expectativas de la gente. La potencia municipal no admite discusión, y su despliegue es fundamental para el desarrollo integral de los territorios. Para que las cosas, en terreno, se acerquen más a cómo nosotros queremos que sean. Desarrollo, pero sin sosiego. Desarrollo, para todos… nosotros.

Fuente: El Mercurio

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