Por Jaime Galaz,
Administrador Público- Universidad de Chile
La extraña, y provocadora, imagen de Sebastián Piñera caminando por Plaza de la Dignidad, una zona en cuarentena obligatoria, sentándose en una pose de ganador, es una especie de sorna hacia los meses de manifestación. Quizás una foto para atesorar en su memoria o para sus amigos en Whatsapp con algún tipo de eslogan que refleje su supuesto e ilusorio triunfo sobre la revuelta que lo tuvo al borde del colapso y con un inédito 6% de aprobación a su gestión.
El acto en sí, acompañado posteriormente a un twitt de disculpas algo extraño y, por decirlo de forma suave, con ciertas imprecisiones en los datos, trae a colación un debate que es interesante: ¿qué le pasa al Presidente? ¿Es locura, falta de inteligencia o ganas de provocar? ¿Qué hay de sus asesores que no le aconsejan en situaciones como estas? Parce ser que todas las explicaciones y elucubraciones se quedan cortas cuando hablamos de Piñera. Carlos Peña, uno de los sacerdotes de la transición de este país, ha dicho que no existe otra palabra para calificar este acto que estupidez, lo cual hablaría de una falta de inteligencia. A decir verdad, creo que esa explicación queda corta en los hechos y que el problema es otro y reviste más gravedad aún: Piñera tiene un carácter incompatible con la función de gobernar o, al menos, la de hacer un buen gobierno que garantice el bienestar de todos los ciudadanos a los que, se supone, representa.
Las autoras Loreto Daza y Bernardita del Solar, en su libro “Piñera: historia de un ascenso” (2011) indican que Piñera posee un carácter en exceso competitivo y una audacia que no teme a los riesgos. Ambos rasgos le permitieron, en el mundo de la especulación financiera, tener un éxito tremendo en los negocios y, esa misma ansia de competencia y triunfo le permitieron ser un buen candidato, pero, según indican Daza y del Solar, estos rasgos no le permitirían gobernar, puesto que sería un Presidente débil, dado a la grandilocuencia, a los gestos que engrandezcan su imagen y, sobre todo, a no escuchar nada que vaya en contra de su compulsión a destacar y figurar. Piñera termina llevando todo gesto al extremo, haciendo su figura banal, ridícula y poco digna de ser escuchada y atendida, lo que termina siendo contraproducente para gobernar (más aún en tiempos de pandemia).
La imagen de Piñera en Plaza de la Dignidad es una muestra clara de este afán de ganar. Es un acto que llega al paroxismo, incluso al ridículo. En la visión deformada de la realidad del Presidente, es necesario demostrar triunfo, estar convencido de ello. En su mente, Sebastián fue el vencedor de la guerra que se inventó desde octubre, dejó aislado a ese supuesto “enemigo poderoso y organizado” que aún no logra describir ni identificar (aunque todos sepamos que se refería, nada más ni nada menos, que al pueblo de Chile) y la acción de ir a sentarse sobre el símbolo de su adversario es, para él, la muestra perfecta de su ilusoria victoria. Tiene una necesidad compulsiva por el éxito que le impide, de manera rotunda, ser una figura de unidad y templanza en cualquier tiempo, más aún en uno de pandemia.
En conclusión, no es locura ni estupidez, sino el carácter de Piñera, su forma de ser la que lo empuja a realizar estos actos, su ethos le provoca la pulsión de demostrarse triunfador, porque no puede soportar que el pueblo de Chile ya lo venció y que, tanto en el país como fuera de él, su gobierno será recordado como aquel que asesinó a chilenos, les quitó la vista, violó los Derechos Humanos y eso lo celebró con una foto solitaria en una plaza en cuarentena.
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