Daniel Flores Cáceres
Ph.D. en Sociología, Mg. Ciencia Política. Antropólogo.
Fundación Progresa
El único cuadro que adorna mi oficina es una foto de Pinochet. Básicamente porque creo que no hay que olvidar lo que pasó para que no vuelva a pasar. Pero también creo, sin embargo, que es pervertido transformar la tragedia de ese martes 11 en el centro de nuestras existencias.
Porque cuando uno se define a partir de sus enemigos, al mismo tiempo, niega su cultura y su esencia. El triunfo del pinochetismo sería total si dejase que hasta mi propia identidad y libertad (lo que hago o dejo de hacer) estuviesen determinados por su recuerdo. El infierno son los otros, decía Sartre.
En Chile vivimos en el extremo de esto. Por una parte, porque de ese pequeño 15% o 17% que se declara de izquierda en las encuestas, la mitad dice que ser de izquierda es “simplemente” no ser de derecha. No soy yo, soy lo que el otro no es. Y por otra porque la hegemonía política de izquierda desde el 89, se constituyó con una Concertación de Partidos (hoy Nueva mayoría) sin sentido político, precisamente porque buscó su esencia no en un programa o una visión de mundo, sino que simplemente a partir del “no somos el dictador”. Será por eso que después van en masa a rescatarlo a Londres. Para no dejar de ser tampoco ellos. Pinochetistas antipinochetistas.
Y entonces hoy tenemos en las bancadas-parlamentarias-oficialistas-progresistas-de centro-izquierda- personas que están en contra de los derechos reproductivos de las mujeres, de la igualdad ante la ley de las personas LGBT, que promueven la segregación en educación, la influencia de la iglesia en la vida de las personas y la privatización de lo público…
Por eso me suena cínica esa permanente fanfarria que nos tocan a Marco Enríquez Ominami y a los Progresistas –partido en el cual milito- sobre que: cómo es posible que le hayan pedido plata a los que representan a los asesinos. Porque además nunca hemos negado que para competir de manera no-testimonial e independiente en política, decidimos buscar recursos en todos los canales legales posibles. Aunque esa legalidad contuviese el absurdo de obligarnos a jugar en la cancha de una política financiada por las empresas -y no por los impuestos-. Esa es la transparencia con la que tantos líderes de opinión hoy hacen gárgaras, y esa es la transparencia que respetamos, pero que queremos cambiar. Es la transparencia absurda por la que absurdamente nos juzgan.
Somos un partido que aspira al poder no para llegar al poder, sino que, para debatir y desarrollar un programa complejo, con nombre y apellido. La Social Prosperidad. En definitiva, no olvidamos la dictadura, pero nuestro proyecto es la democracia para todos. No vamos a competir ni rasgar vestiduras por tratar de ser los más anti-pinochetista del mundo. Sabemos que solo desde la libertad se puede cambiar la historia, pero también sabemos que nunca seremos libres si dejamos que sea ese “supuesto enemigo” el que defina lo que hacemos o dejamos de hacer. Si la filosofía es para sacarla al barro de la Historia (como decía Sartre), la libertad es para sacarla al barro de los espacios de poder. Para comprometerla, perderla y recuperarla por nuestros sueños, causas y causeos, por nuestros colectivos sociales y nunca desde el individuo, el francotirador o el ego.
La libertad no es para desmenuzarla analíticamente en la academia, y menos para guardarla y defenderla como guardianes del santo grial de la moral, en catacumbas y clubes exclusivos… como lo hacen de tanto en tanto y a cada rato esos puritanos intentos de frente amplio. Ser Progresista en Chile significa entonces, en efecto, estar siempre en la vereda de al frente. Es vivir la vida a veces contradictoriamente, porque hacemos política en un mundo que nos tiene con las contradicciones del capitalismo hasta el cuello. Es pertenecer a un club inclusivo -nunca excluyente-, en el cual comprometemos nuestra libertad, porque estamos dispuestos, por nuestros sueños, a tragar cien sapos y a trancar la pelota tirándonos al suelo. Marco representa todo esto.